Eso viste mucho!

10/4/2010

 Un día más, estoy viva!!! Aquí estoy, otra vez delante del teclado del ordenador, domingo de resurrección. Tiene gracia que le demos la exclusiva de la resurrección a una persona, que por ello se celebren festividades, que en estos días esté bien visto que la gente se auto-flagele, y que la mayoría de la población solo piense en irse de vacaciones o en no hacer nada.

Yo sigo pensando en ese viaje a no sé donde, en perderme, quizá porque necesito encontrarme, porque mi corazón todavía está perdido, o en periodo de prueba, probando que siente, preguntándose qué es el sentir: es sufrimiento, es dolor, es la consciencia del dolor ajeno, es una corriente energética, eléctrica, es la compasión, es simplemente saberse vivo.
Creo que mi relación con la muerte marca mucho este sentir. Me permito pensar en la muerte, no solo en la mía propia, que esa ya sé que no duele cuando llega, sino en la de mi entorno, ¿qué pasaría si mis padres y familia se mueren? Si no vuelven nunca más.
Acostumbrarme al vacío, a que eso sea lo normal, sentir que ya no hay nada que me ata a la pensión, a la casa, a este lugar, y si no hay nada que me ata ¿qué hago aquí? Vuelvo a verme maleta en mano viajando, yendo o viniendo a algún lugar en el que me pueda ver, porque ¿quién soy, qué soy, qué hago aquí?
Me pregunto lo mismo que pienso de mis clientes, ¿qué hacen aquí? Miran la tele, conversan, pasan la tarde en Internet, echan la siesta, se van de copas, de paseo, de cena. Ayer a un cliente que venía de Granada, le pregunté qué tiempo hacía allí, si tenían calorcito. Me contestó que el tiempo no es importante, ambiente y tapas, ¡para eso irme hasta Granada!. Nos vamos buscando no sé qué y repetimos las mismas pautas, los mismos horarios, las mismas comidas, las mismas copas, el mismo programa en otra tele distinta.
Y volvemos a casa buscando qué hicimos de extraordinario y lo contamos una y mil veces a la familia, a los amigos y a todo el que nos quiera escuchar porque así queda grabado en nuestra mente, y en cada repetición le vamos añadiendo imaginación como quien añade ingredientes o aliño que alegre la ensalada y así nuestro pequeño extraordinario se convierte en una gran aventura que guardar como un tesoro en nuestra vida. Algo que alimente nuestro vacío hasta las próximas vacaciones, o fiestas o cena con los amigos o lo que sea que nos aleje de nosotros mismos.
Y yo ¿para qué quiero irme? Evidentemente para volver, para ver si yéndome puedo llegar a casa y encontrarme con que ya estaba allí, como quien pierde una bufanda y se compra otra con la esperanza de encontrar la que perdió en casa al volver.
Esperanza de dejarme ser si me voy, y ¿por qué no me permito ser aquí? No tengo la fórmula ni marchándome ni quedándome, pero quizá el marchar, vuelvo a la misma idea, es un reto, enfrentarme a mí misma, a llegar a un lugar desconocido, enfrentarme a sentir ese miedo-angustia que veo en los clientes cuando se acercan al timbre y extienden el brazo tímidamente como si pudiera haber un monstruo que les coma la mano al pulsarlo. Mirar a mi alrededor como miran los clientes al entrar en el portal como si en cualquier momento fuese a aparecer la bruja con la escoba. Dudar de si tengo que ir hacia la derecha o a la izquierda para llegar al árbol de Gernika, que no sé si quiero visitar o tengo que visitar por el hecho de haber llegado hasta aquí, porque si al regresar, si me preguntan si me ha gustado, ¿qué pensarían de mi si digo que no lo he visto? En realidad, es un roble como otro cualquiera, ¡pero mira que tiene historia! Y eso viste mucho.

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